26.6.10

Ella

Se asomó a la ventana y miró la luna, que esa noche estaba más luminosa que nunca, ocupando casi todo el espacio entre los dos pinos del jardín. Una cosa estaba clara: el momento de tener hijos no andaba lejos. Lo sabía porque hacía unos meses, sin razón aparente, había empezado a tener recuerdos muy vívidos de su infancia, instantes del pasado que volvían en cualquier momento y le dejaban colgado con un olor o una imagen a los que hasta entonces no había prestado mucha atención.
Esperándola a ella, a la que sería la madre de sus hijos, le parecía que algo no encajaba en... Bueno, en realidad no era algo, sino todo. Todo parecía accesorio, absurdo, precario, en el puzle de su vida, hasta que la conoció a ella. Sabía que si decía eso en voz alta sonaría falso, tópico y exagerado, un final feliz de los que irritan a cualquiera en las películas. Pero es que, es eso, es justo eso. No se trata de que no haya querido a nadie más, he estado enamorado por lo menos tres o cuatro veces, por no hablar de que por supuesto quiero a mis padres, y a mi hermano, y no se trata tampoco de que nunca haya sido feliz antes de conocerla, eso sería más bien patético. No es eso, es... algo diferente, quizá más importante que la felicidad. Es lo que supongo que quieren decir los filósofos cuando hablan del sentido de las cosas, mirar el puzle y que ya no sea un puzle, ni trozos de alguna máquina complicada que nadie sabe para qué sirve, sino una foto reconocible y completa, de un paisaje bonito, o de un animal, algo que cualquiera podría comprender...
- Pero no —Se rió en voz alta– No lo entiendo ni yo.
Se acercó a la encimera aún con el libro en la mano, aunque hacía rato que había perdido el hilo de lo que leía, y se sirvió otro café. Cuando algo le ponía un poco nervioso últimamente no intentaba tranquilizarse, sino utilizarlo, analizarlo y darle vueltas para conseguir más y más excitación. Siempre se había sabido apasionado y no era plan de olvidarse de eso ahora que iba a ser padre. Justo ahora necesitaba toda su energía juvenil, y hasta sus inocentes vicios juveniles, para afrontar esa responsabilidad como el adulto maduro que era. 
 
Seguía quedándose leyendo hasta las tantas de la mañana aunque tuviera que madrugar al día siguiente... pero sí, la madurez estaba ahí. Y si se sentía así por fin después de treinta y pico años, era también por ella y sólo por ella. Estaré ahí por ti, mi amor, sólo por ti, respiro por ti, moriría por ti... Otra vez las canciones y las películas no le hacen justicia al asunto, no es eso lo que se siente. Cuando está cansada o triste y hago algo por ella, cocinarle una tortilla francesa, ya ves tú qué tontería, o contarle algo que me ha pasado pero exagerando la parte divertida, adornándolo con detalles inventados... Cuando hago algo de eso, es como si fuera más verdadero porque es para ella. En lugar de sentir que estoy haciendo un papel, adoptando el personaje que ella necesita, lo que siento es lo contrario, que sólo por ella soy yo mismo. Por favor, si hasta cuando la cajera del supermercado me cobra la compra sin apenas mirarme siento que tengo que sonreír, si hasta con mis amigos más íntimos oculto detalles que de alguna manera son fundamentales en mí... ¿qué hace ella que anula todo eso y me hace descansar, estar en paz, como si estuviera solo, pero sin miedo a la soledad involuntaria, sin ese agujero negro justo en mitad de mi futuro?
Liberó un largo suspiro distraído y sus ojos grises trazaron una panorámica desde el techo, donde al parecer habían estado clavados, hasta el libro. Volvió a reírse intentando calcular cuánto tiempo llevaba así, con ese enorme ladrillo de tapa dura extendido cerca de la cara, los brazos en tensión, sin leer ni una palabra. Al verse a sí mismo desde fuera, se imaginó unas migas de galleta en la comisura de los labios y resultó que estaban ahí, se las sacudió. Éste es el hombre maduro que va a cuidar de tus hijos, Sonia, un tarado que se queda embobado mirando al techo con restos de galleta por toda la cara... 
 
Dejó de sonreír en seco. El timbre, un chillido metálico y entrecortado de cacharro viejo, le puso los pelos de punta. En la zona no vivía nadie más, así que nadie llamaba nunca. Hasta el cartero solía limitarse a dar unos golpecitos en la valla de la entrada cuando tenía algo para firmar o un paquete grande que no cabía en el buzón, como si el silencio que rodeaba la casa mereciera un respeto especial. Pero esta vez había sonado el timbre, y a todo volumen, cuando lo que él esperaba de un momento a otro era el familiar ruidito titubeante de las llaves de Sonia en la cerradura. 
 
El timbre ha vuelto a sonar y no pienso abrir, voy a seguir engañándome. Me he estado engañando toda la noche. Eso del puzle, y lo de tener hijos... ¡tener hijos! Cuando en el fondo lo sé, siempre lo he sabido... Está muerta. Ahora mismo la sangre está saliendo de ella a borbotones, caliente, rojísima, y algún perro callejero está oliendo su cadáver en la cuneta y no puedo seguir así, paralizado, tengo que prepararme para lo que viene. Voy a abrir, voy a abrir a hablar con la policía, sólo pueden ser ellos tocando el timbre, y a estas horas... 
 
El timbre sonó por tercera vez y si en aquel momento no tuvo un ataque al corazón seguramente es porque nunca lo tendrá. Mientras descorría el cerrojo, aún se despedía de ella en su imaginación. La vio descalza, bajando las escaleras y bailando torpemente una canción estúpida que siempre les hacía reír. No era el primer beso, ni desde luego el primer polvo, lo que recordaría con más dolor, sino esas cosas cotidianas, ese tipo de...
- ¿Pero por qué no abres? 
Era su voz. Abrió aliviado.
- Hola.
- ¿Por qué no abrías?
Esa insistencia era un poco molesta, así no había manera de dar explicaciones. La dejó entrar y cerró la puerta.
- Estaba leyendo. ¿Qué pasa con tus llaves?
Tu sangre caía a borbotones en el asfalto. Te quiero. Si te pasa algo creo que nunca volveré a estar completo por dentro, y no entiendo cómo no lo ves con sólo mirarme.
- Me las he dejado en el otro bolso... –Desvió la mirada, avergonzada- Y no me mires con esa cara. Ya sé que soy un desastre, pero llevo un día horrible y no es momento de una regañina de las tuyas.
No estoy preparado para contestar a eso. Dejémoslo pasar, mejor no contestar.
- ¿No dices nada?
- Bueno, es que no sé qué decir.
- ¿Sabes...? No lo haces con mala intención, pero a veces... A veces deberías pensar un poco más en mí.