Jo, quién necesita citar a literatos con Nobel cuando tienes un amigo como José Luis... Os copio directamente de su blog:
Papeles sueltos
Me llamo Sir Rufus Arlington.
Soy explorador de África. Tengo tierras en las verdes praderas irlandesas, cruzadas por ríos cálidos de norte a sur y de este a oeste. Tengo mansiones grandes como montañas tanto en la campiña, donde beben de los dulces aires del Forth, como cerca de Buckingham. Cocheros me llevan a todo correr a tomar el té con Su Majestad la Reina por un par de botones que les entrego en vez de una libra. Recuerdo un criado, canijo y pecoso al que, protestando él por la birria de propina, le aplaudí la cara con donosura y severidad gentil, o sea, con los guantes puestos. Luego le pegué un tiro en la cabeza.
Una espada con alhajas empedradas remata mi cintura y mi cinturón de cien mil piastras, que arrebaté a un turco cetrino y llorón en un mercado maloliente. A veces me siento cansado, confieso, de tanta mezquindad, y pregunto a Dios por qué me ha puesto la pesada carga de amonestar a los infieles y malvados de corazón.
Deshigadora llamo yo a mi reluciente compañera, de la que no me separo ni en el lecho. Deshigadora por ser ése mi ataque favorito, la extracción de higadillos y entrañas de los pobres diablos que se interponen entre el Reino de Inglaterra y las obras de arte extranjeras que legítimamente le pertenecen.
Soy un cristiano esforzado, un compañero inagotable en fiestas y un amante fogoso y tierno. Pesa, sin embargo, en mi conciencia la pérdida de Juliette, mi lucero del alba, mi mayor guía y apoyo en este Valle de lágrimas. En mis noches insomnes me pregunto si todo hubiera sido distinto de no haber visitado a aquella tribu caníbal en el corazón del Congo durante una época de atroz sequía y hambrunas, de no haberla dejado al cuidado de sus buenas gentes para yo seguir el curso de un río lejano. Me devolvieron un peroné roído y la hebilla de su cinturón, que, consternado pero diligente, envié en un paquete a su familia en Londres.
Si queréis más: http://maese-alb.livejournal.com/
18.5.08
16.5.08
13.5.08
Estoy leyendo un libro de Knut Hamsun, un autor que llevaba tiempo queriendo conocer porque Henry Miller habla de él con mucha emoción en alguna parte, ya no recuerdo dónde... El libro de Hamsun se llama Trilogía del Vagabundo, y son tres novelas sobre el mismo personaje, un hombre instruido ya maduro que tuvo una posición desahogada en el pasado y que, tras un desengaño amoroso del que no se nos dan detalles, decidió vivir como un vagabundo. Esto de vagabundear, en Noruega y a finales del siglo XIX, no es necesariamente mendigar en la ciudad: lo que hace el vagabundo de Hamsun -que parece un personaje bastante autobiográfico- es ir por los bosques de granja en granja buscando cobijo y trabajo: arar la tierra, pintar casas, construir canalizaciones de agua... Y mientras tanto, se enamora "platónicamente" un par de veces -quizá alguna más, porque me queda la última historia- y se atormenta tratando de ser un perfecto servidor de sus amos sin dejar de ser él mismo.
Creo que si hasta hoy nunca había encontrado nada de él muy a la vista en las estanterías se debe a que fue un nazi convencido y se llegó a entrevistar con Hitler. Según la Wikipedia, "hoy día no hay en Noruega una sola calle o plaza con su nombre", y eso que le dieron el Nobel y que escritores como Thomas Mann o Maxim Gorki "lo homenajearon como a un maestro".
Lo que supongo que le interesó tanto a Henry Miller -aparte de una clara picardía sexual que aquí se resuelve con elipsis sutiles... ¡lástima!- es el individualismo brutal del personaje, que ha decidido por principio renunciar a casi todo. Sin necesidad de que el personaje teorice casi en ningún momento, todo el libro me parece una reflexión sobre la libertad y el trato con los demás muy interesante.
Al final de la segunda historia de la trilogía, Un vagabundo toca con sordina, el tono cambia por completo durante unas páginas y sí hace una reflexión general, tan general que si la hubiera leído hace siete u ocho años me hubiera resultado quizá demasiado simple. Ahora me suena a sabiduría de la buena, y también a muchas cosas que hemos hablado Miguel, Mario, Laura, David, Clàudia... en blogs y en persona. Hay momentos un poco crípticos, porque más que un solo argumento bien trabado son oleadas de intuición y de experiencia:
Un vagabundo toca con sordina cuando llega al medio siglo.
Entonces toca con sordina. Podría expresar este pensamiento de la manera siguiente: "Cuando se llega demasiado tarde en otoño al bosque en que crecen los frutos... ¡bueno!, se ha llegado demasiado tarde. Y si un día uno se halla en disposición de mostrarse satisfecho y de reventar de alegría ante la vida, no se lo censuréis. Por otra parte, está fuera de duda que se necesita cierto grado de inanidad cerebral para vivir en una satisfacción permanente de sí mismo y de todo. Pero todo el mundo ha tenido buenos momentos. El condenado a quien, sentado en la carreta que le lleva al patíbulo, molesta un clavo en el asiento, cambia de sitio y se encuentra mejor. Es absurdo que un capitán ruegue a Dios que le perdone... como él ha perdonado a Dios. Es pura majaradería. Un vagabundo no encuentra todos los días alimento y bebida, trajes, zapatos, techo y lumbre preparados para sus necesidades, y si le falta esa esplendidez, experimenta un sufrimiento exactamente igual a la privación. Si una cosa no marcha, otra se arregla. Pero si la otra tampoco se arregla, no se trata de perdonar a Dios, sino de aceptar la responsabilidad. Hay que arrimar el hombro al golpe de la desgracia; mejor dicho, el hombro ha de inclinarse a este golpe. Produce algún dolor en la carne y en la sangre, y encanece el cabello; pero un vagabundo no deja de dar las gracias a Dios por una vida que, después de todo, fue muy alegre".
He aquí como quisiera expresar este pensamiento. En realidad, ¿para qué tantas exigencias? ¿Qué se gana con ello? ¿Todas las cajas de bombones que un glotón puede desear? ¡Bueno! Pero ¿no habéis visto el mundo cada día y oído el murmullo del bosque? Daba su aroma el jazmín con un bosquecillo de lilas, y alguien que yo conozco se estremecía de placer, no sólo por el aroma del jazmín, sino por cualquier cosa; una ventana iluminada, un recuerdo, un pormenor de la vida. Pero cuando le apartaron del bosquecillo de lilas, ya se había cobrado por anticipado el precio de aquel disgusto.
Y así es: sólo el favor de recibir la vida paga por adelantado todas las miserias de la vida, todas y cada una. No hay razón para creer que uno tiene derecho a recibir más bombones que aquellos que recibe. Un vagabundo se aleja de toda superstición. ¿Qué es lo que pertenece a la vida? Todo. Pero ¿qué es realmente tuyo? ¿La celebridad es tuya? Dinos por qué. No debe uno aferrarse a lo suyo: es demasiado cómico, y un vagabundo se ríe de aquello que es demasiado cómico. Recuerdo a cierto individuo que no podía renunciar a lo suyo: puso leña en la chimenea a mediodía y no consiguió hacerla arder hasta la noche. Y no pudo decidirse a alejarse del calor para ir a acostarse, sino que continuó allí, empeñado en sacarle utilidad, hasta la hora en que los demás empezaron a levantarse. Era un autor noruego, un autor de obras teatrales.
He vagabundeado mucho en otro tiempo, y ahora me siento imbécil y desilusionado. Pero no tengo la perversa creencia senil de ser más sabio que antes. Y además, espero que nunca sabré nada. Es un signo de decrepitud. Cuando le doy gracias a Dios por la vida, no se las doy por la mayor madurez que haya alcanzado con la edad, sino porque siempre tuve la alegría de vivir. La edad no da madurez alguna; la edad no trae más que la vejez.
Creo que si hasta hoy nunca había encontrado nada de él muy a la vista en las estanterías se debe a que fue un nazi convencido y se llegó a entrevistar con Hitler. Según la Wikipedia, "hoy día no hay en Noruega una sola calle o plaza con su nombre", y eso que le dieron el Nobel y que escritores como Thomas Mann o Maxim Gorki "lo homenajearon como a un maestro".
Lo que supongo que le interesó tanto a Henry Miller -aparte de una clara picardía sexual que aquí se resuelve con elipsis sutiles... ¡lástima!- es el individualismo brutal del personaje, que ha decidido por principio renunciar a casi todo. Sin necesidad de que el personaje teorice casi en ningún momento, todo el libro me parece una reflexión sobre la libertad y el trato con los demás muy interesante.
Al final de la segunda historia de la trilogía, Un vagabundo toca con sordina, el tono cambia por completo durante unas páginas y sí hace una reflexión general, tan general que si la hubiera leído hace siete u ocho años me hubiera resultado quizá demasiado simple. Ahora me suena a sabiduría de la buena, y también a muchas cosas que hemos hablado Miguel, Mario, Laura, David, Clàudia... en blogs y en persona. Hay momentos un poco crípticos, porque más que un solo argumento bien trabado son oleadas de intuición y de experiencia:
Un vagabundo toca con sordina cuando llega al medio siglo.
Entonces toca con sordina. Podría expresar este pensamiento de la manera siguiente: "Cuando se llega demasiado tarde en otoño al bosque en que crecen los frutos... ¡bueno!, se ha llegado demasiado tarde. Y si un día uno se halla en disposición de mostrarse satisfecho y de reventar de alegría ante la vida, no se lo censuréis. Por otra parte, está fuera de duda que se necesita cierto grado de inanidad cerebral para vivir en una satisfacción permanente de sí mismo y de todo. Pero todo el mundo ha tenido buenos momentos. El condenado a quien, sentado en la carreta que le lleva al patíbulo, molesta un clavo en el asiento, cambia de sitio y se encuentra mejor. Es absurdo que un capitán ruegue a Dios que le perdone... como él ha perdonado a Dios. Es pura majaradería. Un vagabundo no encuentra todos los días alimento y bebida, trajes, zapatos, techo y lumbre preparados para sus necesidades, y si le falta esa esplendidez, experimenta un sufrimiento exactamente igual a la privación. Si una cosa no marcha, otra se arregla. Pero si la otra tampoco se arregla, no se trata de perdonar a Dios, sino de aceptar la responsabilidad. Hay que arrimar el hombro al golpe de la desgracia; mejor dicho, el hombro ha de inclinarse a este golpe. Produce algún dolor en la carne y en la sangre, y encanece el cabello; pero un vagabundo no deja de dar las gracias a Dios por una vida que, después de todo, fue muy alegre".
He aquí como quisiera expresar este pensamiento. En realidad, ¿para qué tantas exigencias? ¿Qué se gana con ello? ¿Todas las cajas de bombones que un glotón puede desear? ¡Bueno! Pero ¿no habéis visto el mundo cada día y oído el murmullo del bosque? Daba su aroma el jazmín con un bosquecillo de lilas, y alguien que yo conozco se estremecía de placer, no sólo por el aroma del jazmín, sino por cualquier cosa; una ventana iluminada, un recuerdo, un pormenor de la vida. Pero cuando le apartaron del bosquecillo de lilas, ya se había cobrado por anticipado el precio de aquel disgusto.
Y así es: sólo el favor de recibir la vida paga por adelantado todas las miserias de la vida, todas y cada una. No hay razón para creer que uno tiene derecho a recibir más bombones que aquellos que recibe. Un vagabundo se aleja de toda superstición. ¿Qué es lo que pertenece a la vida? Todo. Pero ¿qué es realmente tuyo? ¿La celebridad es tuya? Dinos por qué. No debe uno aferrarse a lo suyo: es demasiado cómico, y un vagabundo se ríe de aquello que es demasiado cómico. Recuerdo a cierto individuo que no podía renunciar a lo suyo: puso leña en la chimenea a mediodía y no consiguió hacerla arder hasta la noche. Y no pudo decidirse a alejarse del calor para ir a acostarse, sino que continuó allí, empeñado en sacarle utilidad, hasta la hora en que los demás empezaron a levantarse. Era un autor noruego, un autor de obras teatrales.
He vagabundeado mucho en otro tiempo, y ahora me siento imbécil y desilusionado. Pero no tengo la perversa creencia senil de ser más sabio que antes. Y además, espero que nunca sabré nada. Es un signo de decrepitud. Cuando le doy gracias a Dios por la vida, no se las doy por la mayor madurez que haya alcanzado con la edad, sino porque siempre tuve la alegría de vivir. La edad no da madurez alguna; la edad no trae más que la vejez.
28.4.08
Cuánto comentario
(Como he escrito la Biblia en verso, contesto a Laura aquí en una entrada nueva. El comentario de ella al que respondo está en la entrada anterior)
(Como he escrito la Biblia en verso, contesto a Laura aquí en una entrada nueva. El comentario de ella al que respondo está en la entrada anterior)
Laura, lo menos que podías hacer era llevarme la contraria, porque puse justo dos ejemplos de los que hemos debatido y que dejan clarísimo que tenemos una visión muy diferente del tema. Sé que no vamos a llegar a una conclusión, pero creo que será divertido intentar explicarme más...
- ”¿No es mucho más inmoral el eterno personaje de Woody Allen egomaníaco, infiel, con ínfulas de genio y depresivo que Larry David que simplemente carece de habilidades sociales?”No, para mí es más inmoral Larry David (su personaje), porque me da la sensación de que el humor que hace sobre sus defectos pretende justificarlos, y no analizarlos. No quiere ponerse en un tela de juicio y evolucionar a partir de ahí, lo que quiere es que la gente le acepte exactamente tal y como es. Y si no le aceptan, el problema no es de él, es de ellos. Que se aguanten. Woody Allen no queda como alguien perfecto en sus películas, pero para mí la ética no es ser perfecto, sino preguntarse “¿voy por buen camino?”, relativizar el propio ego y verlo en relación con los demás. Eso sí lo hace el personaje de Woody Allen, e incluso frecuentemente el resto de personajes le dan una lección y le hacen ver que está metiendo la pata. Cuando esto pasa, no se trata de una moraleja, sino de puro realismo: está claro que, en la vida, cuando uno actúa de forma egoísta se arriesga a que los que están muy cerca se sientan heridos y se rebelen.En cambio Larry David (el personaje, insisto) es lo contrario; no se relativiza, a mi modo de ver se justifica. No se plantea si hace bien o mal, si puede hacer las cosas mejor la siguiente vez, sino que él parte de que nació así y se adora a sí mismo tal y como es, inocente de todo, buena persona de nacimiento. El personaje se inmuniza contra la crítica, o eso intenta, cuando deja claro algo así: “Así soy yo, un simpático caradura que no sabe tratar con la gente, y si estás conmigo eso es lo que tendrás”. Eso para mí es el máximo de la egomanía y de la vaguería, porque en ese plan nunca tendrá motivos para mover un dedo y mejorar algo importante en su vida.Como no reflexiona sobre sus actos de una forma ética, no es que sea exactamente malo, sino que es como un animal, o como un niño grande, el mundo le ha hecho así. Para él sus actos son necesarios, ¡como los de un dios! “Y si alguien sufre ¿qué le vamos a hacer? Es inevitable, porque así soy yo, ¿no es gracioso?” Eso es lo que yo no puedo aguantar. Nadie tiene habilidades sociales (como ningún otro tipo de habilidad) sólo porque nace con ellas. Hay que desarrollarlas si es que te importa relacionarte con los demás de una forma más o menos justa, si es que te importan los demás.
- Ser fiel a su mujer.
Interesantísimo tema. Ser fiel puede ser el fruto de una reflexión ética muy respetable, pero no siempre. Que alguien sea fiel no le hace ya de por sí buena persona, en eso estoy segura que estamos de acuerdo. Si la otra persona quiere que seas fiel y a ti no te cuesta dominarte, simplemente actúas según lo que es más conveniente para ti. Si te cuesta dominarte y sin embargo lo haces, puede ser -no digo que siempre sea así, yo en líneas generales creo en la fidelidad- por un acuerdo más o menos explícito: a ti te gustaría que tu pareja no lo hiciera y te dominas para merecer que tu pareja no te haga daño en contraprestación. Eso no me parece inmoral en absoluto, pero tampoco te da “puntos de moralidad”.El personaje de Woody Allen cuando es infiel es porque está muy interesado en alguien que no es su pareja, no porque caiga ante el primer capricho. Se enamora, o cree enamorarse, y sigue sintiendo amor por su pareja. Ahí está el conflicto, y él nunca sale moralmente limpio de él, pero sí cambiado, habiendo aprendido algo. Larry David no es infiel, pero tampoco es muy sincero con su mujer, y en un capítulo en que ella se enfada con él, él, en vez de hablar, intenta solucionarlo regalándole una joya. Parecen respetarse lo mínimo para convivir, pero ¿amor? No sé, creo que la serie ni toca el tema.
- “Es bueno con sus amigos (hasta plantearse donarle a uno un riñón)”
¿Eso te parece destacable? A mí casi no me parece ni bondad, me parece lo normal si es que estamos hablando de amistad. Yo, aunque no haya pensado nunca seriamente en ello, parto de la base de que mis amigos íntimos se lo plantearían por mí, igual que yo por ellos. Si un amigo se va a morir, y puedes salvarle con un riñón tuyo... Joder, si ni siquiera te planteas donárselo, entonces no es que no seas un amigo perfecto, es que quizá lo que tienes es sólo compañía o entretenimiento... Lo que es yo ¡no lo pienso llamar amistad! - “Cree que su situación económica y éxito televisivo son fruto simplemente del azar y que cualquier día se perderá”.
Eso a mí tampoco me parece bueno. De hecho me parece otra negación de la ética. Si pienso que he triunfado por algo lógico, eso me lleva a relativizarme, a pensar en mí en relación a los demás, ¿qué ven en mí? Pero es menos problemático, más cómodo, despreciar al público. Por si acaso se meten conmigo, o por si me abandonan. Es mejor despreciarles por principio, así no me afectará. No sea que su opinión me haga plantearme mi forma de ser, o mi forma de enfocar mi trabajo. Ahora triunfo, sí, pero si fracaso pensaré no que quizá hay algo que puedo mejorar, sino que no tienen ni idea, así que mejor decir desde ya que tampoco tienen ni idea cuando me encumbran. Así quedo por encima de su opinión.
La verdad es que nunca debo sentirme mal, porque no soy el único que apesta... Todo apesta, todo es casual, no hay justicia. Y para qué me voy a empeñar en ser buena persona si no hay justicia, si se premia a cualquier mierda, si mi triunfo es casualidad. Pues hala, a seguir como hasta ahora...
Yo, Raquel, si triunfo (y triunfar puede ser ser buen carpintero, o buena profesora, como tú, no sólo ser famoso) espero que sea porque me lo merezco. Y espero saber mantenerlo y hacerme digna de ello, y no simplemente esperar a que continúe o a que se me acabe, con los brazos cruzados. - “Está lleno de buenísimas intenciones”.
Ahí simplemente no sé de lo que hablas, necesitaría ejemplos, porque en los capítulos que he visto sus intenciones son cosas del día a día que no tienen nada que ver con la bondad ni con la maldad. Comprar cosas, pertenecer a clubs, salir del paso cuando alguien te pide algo que tú no quieres dar... Todo va de intentar conseguir cosas sin crearse obligaciones. - “Para mí es absolutamente entrañable,joer, soy yo!!”
Coincido contigo en que lo que me recuerda a mí me parece entrañable (igual somos un poco egocéntricas en eso, fíjate). En temas de autopercepción es en lo que menos te puedo hacer cambiar de idea, pero vamos, ten claro que para mí no eres así ni de lejos, igual que me decías tú a mí en relación a Henry Miller, por ejemplo.
- “Un humor que desentraña todas esas horribles casualidades inocentes que te dejan quedar como un hijoputa, o un racista, o un machista... ante la sociedad cuando tú sólo querías ir a por pan”.
No me creo que te haya pasado eso, pero si fuera así, igual no sería casualidad, ¿no? Si la gente te ve de una manera, me parece el mínimo respeto hacia ellos plantearte si no tendrán parte de razón. Cuando la gente me ha dicho que tengo una visión demasiado moral del mundo (¡a la vista está!) o que soy quejica, “rebelde sin causa”, exagerada, insegura, o cualquier otra cosa, yo no he pensado que todo sean casualidades inocentes. Si fuera así no estaría escribiendo esto porque para mí sería un tema muerto e innecesario. Yo confío en entender a la gente y que me entiendan.
- “ Alguien insoportable, el típico plasta que cae mal y que además no hay manera de que se dé cuenta, pero se le quiere”.
No he conocido a nadie tan carente de cosas positivas. He conocido malas personas que tenían sentido del humor, plastas que luego podían ser tiernos con la debilidad ajena... Pero cuando en alguien me ha pesado más lo malo en la balanza no le he podido ni le he querido querer.
Para mí los afectos no funcionan de forma tan diferente en la realidad de la ficción. Tú misma dices que “la ficción nos obliga a aceptar, a divertirnos y a querer al personaje plasta que en la vida real no soportamos. Lo reconozco, yo no respeto tanto a mi jefe como al de The Office”. Entonces, ¿cómo va a ser moral la serie, si no te ha mostrado nada que te sirva para mejorar en la vida real? Lo que yo interpreto es que la serie pretende precisamente reproducir la vida real de forma que no te apetezca cambiarla, sino aceptarla y encontrarle la gracia que no le encuentras en el día a día. Vamos, que la serie te ayuda a seguir despreciando a la gente a la que desprecias, y todos los personajes están contigo en despreciar al claramente despreciable. Que luego se sientan condescendientes y le aprecien es catártico pero no corrector, sino todo lo contrario. Es tranquilizador, justifica la injusticia. Porque que plastas y anormales así sean jefes no sólo no es muy común, sino que cuando pasa es injusto y evitable.
Uf, pero todo esto es sólo mi interpretación, ¡claro! ¿Qué decías de Pajares?
25.4.08
Cuánto humor...
Escribiendo a Francisca, mi "abuela adoptiva", he confirmado una vez más que tengo una pequeña "teoría moral" del humor. Quizá debería intentar desembarazarme de ella igual que de las moralizaciones sobre el amor de las que hablaba el otro día, pero el caso es que la tengo firmemente instalada en la cabeza.
Más que una teoría es un axioma (indemostrable e irreductible): el humor "bueno" no es reírse del dolor del débil, a no ser que el débil sea uno mismo o que el tono, en el caso de la ficción, no sea muy realista.
Sé que hay mucha gente a la que le parece lo normal, incluso la pura esencia del humor, reírse de los demás. Gente que en cuestiones de risa se permite ser un poco hijo de puta (ese insulto tan machista y tan español). Pero a mí (y creo que a todos nos pasa) no me hace gracia cualquier burla, y algunas me dejan muy mal cuerpo, sobre todo cuando vienen de alguien preparado para acusarte de no tener sentido del humor en cuanto pones una pega moral a sus chistes.
Yo, como todos, he sido la perdedora o la débil en miles de situaciones, igual que he sido la ganadora o la fuerte en otras tantas, y ni sé ni quiero ahorrarme el dolor de la empatía con la parte perdedora, que siempre parece más cercana. Un personaje de ficción que es sistemáticamente humillado o uno del que no se puede admirar nada (por ejemplo el jefe de The Office, o Larry David en Curve your enthusiasm...) o me parece demasiado alejado de mi vida o me parece directamente trágico y lamentable, de todo menos gracioso.
Creo que casi todos los teóricos del humor están de acuerdo -y me lo creo al cien por cien- en que la comedia es verdad y dolor. Y además, particularmente a mí lo que más me hace reír es el humor que acomete lo más doloroso, peligroso o sagrado de mi vida (la muerte, el sinsentido, la vergüenza, la cabezonería, el error...), que habla del dolor más real... pero desde la ficción. Si la ficción se ríe del dolor en un tono demasiado realista o sobrio, se me convierte en drama, y en el tipo de drama del que menos disfruto, porque no es catarsis ni comprensión, sino distancia, un lavarse las manos ante el dolor, una rendición, un echar la culpa a la vida o al mundo de que el ser humano sufre. Y no, el ser humano sufre porque no aprende o porque algo es injusto, no porque "la vida es así".
Me gusta cuando un autor se ríe de sí mismo o de un personaje con mucho de sí mismo, como Woody Allen en casi cualquiera de sus películas. Ahí me río a gusto porque puedo solidarizarme, no se trata de hacer leña del árbol caído sino de resurgir con él. El autor se convierte en centro de la burla, pero yo no me río de él. Al contrario, me río admirándole, para mí se hace fuerte y se convierte en un ganador. Eso tiñe toda la obra -el libro, la película o lo que sea- y hace que me pueda reír también de los demás personajes.
También me encanta, y me parece aún más meritorio, reírse de alguien con ternura. La ternura es lo más parecido al amor en ficción. En este caso creo que también suele pasar que aquél de quien te ríes se está riendo de sí mismo o bien se parece en algo a ti, con lo que tú como espectador te ríes de ti otra vez, y no de él. El ejemplo más claro que se me ocurre es Chaplin en Tiempos Modernos.
También puedo reírme de alguien cruelmente porque es "el enemigo", porque estamos haciendo una crítica. Ese humor ya entra de lleno en la moral, y sólo nos hará gracia si creemos que la persona o la idea parodiada merece que se rían de ella. Es un humor menos universal pero que funciona conmigo cuando se ríen de lo que yo critico, ¡claro! No creo que a los nazis les hiciera gracia El gran dictador. Además, la crítica sólo me hace gracia si lo que se ridiculiza es algo que me creo con derecho a criticar. Es más gracioso que Hitler se crea el amo del mundo que que sea bajito, porque de eso no tenía él la culpa.
Y todo lo que no tiene un tono realista, todo lo que es muy exagerado y absurdo, puede hacerme gracia aunque pueda parecer cruel. Me refiero a cuando es difícil identificar al débil, cuando se trata de generalizaciones universales, o simplemente de personajes y situaciones tan desquiciados que es imposible hacer elecciones morales, ni juicios... Y aquí están mis preferidos universales, los Monty Python.
Escribiendo a Francisca, mi "abuela adoptiva", he confirmado una vez más que tengo una pequeña "teoría moral" del humor. Quizá debería intentar desembarazarme de ella igual que de las moralizaciones sobre el amor de las que hablaba el otro día, pero el caso es que la tengo firmemente instalada en la cabeza.
Más que una teoría es un axioma (indemostrable e irreductible): el humor "bueno" no es reírse del dolor del débil, a no ser que el débil sea uno mismo o que el tono, en el caso de la ficción, no sea muy realista.
Sé que hay mucha gente a la que le parece lo normal, incluso la pura esencia del humor, reírse de los demás. Gente que en cuestiones de risa se permite ser un poco hijo de puta (ese insulto tan machista y tan español). Pero a mí (y creo que a todos nos pasa) no me hace gracia cualquier burla, y algunas me dejan muy mal cuerpo, sobre todo cuando vienen de alguien preparado para acusarte de no tener sentido del humor en cuanto pones una pega moral a sus chistes.
Yo, como todos, he sido la perdedora o la débil en miles de situaciones, igual que he sido la ganadora o la fuerte en otras tantas, y ni sé ni quiero ahorrarme el dolor de la empatía con la parte perdedora, que siempre parece más cercana. Un personaje de ficción que es sistemáticamente humillado o uno del que no se puede admirar nada (por ejemplo el jefe de The Office, o Larry David en Curve your enthusiasm...) o me parece demasiado alejado de mi vida o me parece directamente trágico y lamentable, de todo menos gracioso.
Creo que casi todos los teóricos del humor están de acuerdo -y me lo creo al cien por cien- en que la comedia es verdad y dolor. Y además, particularmente a mí lo que más me hace reír es el humor que acomete lo más doloroso, peligroso o sagrado de mi vida (la muerte, el sinsentido, la vergüenza, la cabezonería, el error...), que habla del dolor más real... pero desde la ficción. Si la ficción se ríe del dolor en un tono demasiado realista o sobrio, se me convierte en drama, y en el tipo de drama del que menos disfruto, porque no es catarsis ni comprensión, sino distancia, un lavarse las manos ante el dolor, una rendición, un echar la culpa a la vida o al mundo de que el ser humano sufre. Y no, el ser humano sufre porque no aprende o porque algo es injusto, no porque "la vida es así".
Me gusta cuando un autor se ríe de sí mismo o de un personaje con mucho de sí mismo, como Woody Allen en casi cualquiera de sus películas. Ahí me río a gusto porque puedo solidarizarme, no se trata de hacer leña del árbol caído sino de resurgir con él. El autor se convierte en centro de la burla, pero yo no me río de él. Al contrario, me río admirándole, para mí se hace fuerte y se convierte en un ganador. Eso tiñe toda la obra -el libro, la película o lo que sea- y hace que me pueda reír también de los demás personajes.
También me encanta, y me parece aún más meritorio, reírse de alguien con ternura. La ternura es lo más parecido al amor en ficción. En este caso creo que también suele pasar que aquél de quien te ríes se está riendo de sí mismo o bien se parece en algo a ti, con lo que tú como espectador te ríes de ti otra vez, y no de él. El ejemplo más claro que se me ocurre es Chaplin en Tiempos Modernos.
También puedo reírme de alguien cruelmente porque es "el enemigo", porque estamos haciendo una crítica. Ese humor ya entra de lleno en la moral, y sólo nos hará gracia si creemos que la persona o la idea parodiada merece que se rían de ella. Es un humor menos universal pero que funciona conmigo cuando se ríen de lo que yo critico, ¡claro! No creo que a los nazis les hiciera gracia El gran dictador. Además, la crítica sólo me hace gracia si lo que se ridiculiza es algo que me creo con derecho a criticar. Es más gracioso que Hitler se crea el amo del mundo que que sea bajito, porque de eso no tenía él la culpa.
Y todo lo que no tiene un tono realista, todo lo que es muy exagerado y absurdo, puede hacerme gracia aunque pueda parecer cruel. Me refiero a cuando es difícil identificar al débil, cuando se trata de generalizaciones universales, o simplemente de personajes y situaciones tan desquiciados que es imposible hacer elecciones morales, ni juicios... Y aquí están mis preferidos universales, los Monty Python.
10.4.08
Pensaba que por una vez no iba a hablar de Miguel...
Leyendo hace un rato este texto en la novela Dientes blancos, de Zadie Smith, que me regaló Israel (¡gracias otra vez!), me ha llamado la atención esto:
Ocurre una cosa muy curiosa en este mundo de ahora: En los tocadores de las discotecas se oye a chicas que dicen: "Sí, me folló y me plantó. No me quería. Era incapaz. Estaba muy jodido para saber querer". Bueno, ¿qué es lo que nos ha pasado? ¿Qué es lo que tiene este poco adorable siglo para hacernos pensar que, a pesar de todo, somos adorables como personas, como especie? ¿Qué nos hace pensar que, si alguien no puede querernos, es porque está discapacitado en cierta manera? (...) Las tarjetas de felicitación nos dicen rutinariamente que todo el mundo merece amor. No. Todo el mundo merece agua limpia. Pero no todo el mundo merece amor continuamente.
Me pregunto: ¿Hay gente que no merece amor? O incluso, ¿será verdad que nadie merece amor "continuamente"? No estoy pensando en psicópatas o en gente que manifiesta su crueldad todos los días. Me refiero a si tendrá sentido la idea de "merecer amor". Al principio me he sentido muy identificada con este párrafo, he pensado "Ya era hora de que alguien lo dijera, el amor hay que ganárselo".
Pero luego me he dado cuenta de que lo que en realidad creo está muy alejado de eso. Lo que yo creo es que el amor no es moral, ni maldita falta que hace. Bueno, eso es lo que creo, aunque muy a menudo me despisto y me pongo a moralizar con el amor... Creo que el amor no es una cuestión moral porque creo que nunca es cuestión de merecerlo o no, que nunca es útil para nadie preguntarse si tal persona lo merece de tal otra. Sólo hay que darlo a cuanta más gente mejor, así de simple.
Y como el amor no es moral, tampoco puede ser altruista. Y por el mismo motivo, y esto me interesa más, ni de coña el amor puede ser egoísta. Estoy harta de oírlo y cuanto más lo pienso menos sentido le veo. No podemos enorgullecernos ni tampoco sentirnos culpables cuando estamos queriendo.
Y en la vida los juicios morales sobre los demás están ahí, son útiles, hay que hacerlos, hay que comunicarlos, incluso hay que disfrutarlos si uno se enorgullece de ser una persona juiciosa (porque juicio no es sólo "crítica", también "buen juicio, criterio"), pero no tienen nada que ver con el amor. Cuando mezclamos el merecimiento con el amor yo creo que es porque estamos centrándonos en el amado, cuando en el amor lo importante es el amante... Disfrutar siendo amado está bien, pero disfrutar amando es mejor todavía. No digo moralmente mejor, claro, sino mejor a secas, más experiencia, más vida.
Cuando sí hay que preguntarse si unos nos merecemos cosas de otros, es cuando entramos a hacer sacrificios, concesiones, compromisos... Eso son riesgos que rodean muy de cerca al amor, pero nunca hay que confundirlos con él. Sí, los he llamado riesgos, porque no me creo que sean cargas que trae siempre consigo el amor. Son sólo eso, riesgos a evitar, cosas negativas que se pueden superar. Vamos, que el verdadero amor yo creo que no precisa sacrificios, concesiones ni compromisos. ¿Heavy, eh? ¡Pues lo creo de verdad! Antes no lo entendía en absoluto. Siempre que oía ideas parecidas me sonaban bien, pero en el fondo creía que eran una idealización como Utopía o la Paz Perpetua... Lo creía tan profundamente que no me daba cuenta. Y ahora no sólo lo entiendo, sino que vivo dentro. Y se lo debo a una sola persona.
Eso Miguel me lo ha dado para siempre. Pase lo que pase en nuestra vida de aquí en adelante. ¡A ver si yo te puedo dar algo comparable a eso!
Por favor, déjame, cambia de idea respecto a mí, hazme daño las veces que haga falta... pero nunca, nunca te vayas "donde no puedo seguirte" porque desde que me hablaste de esa frase, cada vez que pienso en ello me dan ganas de llorar.
Leyendo hace un rato este texto en la novela Dientes blancos, de Zadie Smith, que me regaló Israel (¡gracias otra vez!), me ha llamado la atención esto:
Ocurre una cosa muy curiosa en este mundo de ahora: En los tocadores de las discotecas se oye a chicas que dicen: "Sí, me folló y me plantó. No me quería. Era incapaz. Estaba muy jodido para saber querer". Bueno, ¿qué es lo que nos ha pasado? ¿Qué es lo que tiene este poco adorable siglo para hacernos pensar que, a pesar de todo, somos adorables como personas, como especie? ¿Qué nos hace pensar que, si alguien no puede querernos, es porque está discapacitado en cierta manera? (...) Las tarjetas de felicitación nos dicen rutinariamente que todo el mundo merece amor. No. Todo el mundo merece agua limpia. Pero no todo el mundo merece amor continuamente.
Me pregunto: ¿Hay gente que no merece amor? O incluso, ¿será verdad que nadie merece amor "continuamente"? No estoy pensando en psicópatas o en gente que manifiesta su crueldad todos los días. Me refiero a si tendrá sentido la idea de "merecer amor". Al principio me he sentido muy identificada con este párrafo, he pensado "Ya era hora de que alguien lo dijera, el amor hay que ganárselo".
Pero luego me he dado cuenta de que lo que en realidad creo está muy alejado de eso. Lo que yo creo es que el amor no es moral, ni maldita falta que hace. Bueno, eso es lo que creo, aunque muy a menudo me despisto y me pongo a moralizar con el amor... Creo que el amor no es una cuestión moral porque creo que nunca es cuestión de merecerlo o no, que nunca es útil para nadie preguntarse si tal persona lo merece de tal otra. Sólo hay que darlo a cuanta más gente mejor, así de simple.
Y como el amor no es moral, tampoco puede ser altruista. Y por el mismo motivo, y esto me interesa más, ni de coña el amor puede ser egoísta. Estoy harta de oírlo y cuanto más lo pienso menos sentido le veo. No podemos enorgullecernos ni tampoco sentirnos culpables cuando estamos queriendo.
Y en la vida los juicios morales sobre los demás están ahí, son útiles, hay que hacerlos, hay que comunicarlos, incluso hay que disfrutarlos si uno se enorgullece de ser una persona juiciosa (porque juicio no es sólo "crítica", también "buen juicio, criterio"), pero no tienen nada que ver con el amor. Cuando mezclamos el merecimiento con el amor yo creo que es porque estamos centrándonos en el amado, cuando en el amor lo importante es el amante... Disfrutar siendo amado está bien, pero disfrutar amando es mejor todavía. No digo moralmente mejor, claro, sino mejor a secas, más experiencia, más vida.
Cuando sí hay que preguntarse si unos nos merecemos cosas de otros, es cuando entramos a hacer sacrificios, concesiones, compromisos... Eso son riesgos que rodean muy de cerca al amor, pero nunca hay que confundirlos con él. Sí, los he llamado riesgos, porque no me creo que sean cargas que trae siempre consigo el amor. Son sólo eso, riesgos a evitar, cosas negativas que se pueden superar. Vamos, que el verdadero amor yo creo que no precisa sacrificios, concesiones ni compromisos. ¿Heavy, eh? ¡Pues lo creo de verdad! Antes no lo entendía en absoluto. Siempre que oía ideas parecidas me sonaban bien, pero en el fondo creía que eran una idealización como Utopía o la Paz Perpetua... Lo creía tan profundamente que no me daba cuenta. Y ahora no sólo lo entiendo, sino que vivo dentro. Y se lo debo a una sola persona.
Eso Miguel me lo ha dado para siempre. Pase lo que pase en nuestra vida de aquí en adelante. ¡A ver si yo te puedo dar algo comparable a eso!
Por favor, déjame, cambia de idea respecto a mí, hazme daño las veces que haga falta... pero nunca, nunca te vayas "donde no puedo seguirte" porque desde que me hablaste de esa frase, cada vez que pienso en ello me dan ganas de llorar.
17.10.07
"Una mente arremolinada e inquieta es incapaz de concentrarse en un objeto. Desgasta sus extraordinarias energías aplicándolas a un torbellino de cosas al mismo tiempo y sin penetrar en ninguna de ellas. Únicamente aquellos que poseen una mente serena y fuerte son capaces de sentir y comprender todos los secretos del Universo. Y el simple hecho de comprenderlos brindará la llave para dominarlos".
Esto nos dice mi querida abuelita treintañera. Ay, a ver si dejo de arremolinarme. Voy a empezar a usarlo como frase hecha: "no empieces, ya te estás arremolinando otra vez". A veces yo creo que también se puede uno arremolinar haciéndolo justo al contrario: concentrándose de forma obsesiva en un solo objeto. Eso sería centrípeto en vez de centrífugo, desagüe en lugar de lavadora...
Creo que es cierta la última frase de la cita, aunque pueda sonar demasiado optimista. Cuando entiendes un problema sólo es responsabilidad tuya solucionarlo. You can do it, tío.
Esto nos dice mi querida abuelita treintañera. Ay, a ver si dejo de arremolinarme. Voy a empezar a usarlo como frase hecha: "no empieces, ya te estás arremolinando otra vez". A veces yo creo que también se puede uno arremolinar haciéndolo justo al contrario: concentrándose de forma obsesiva en un solo objeto. Eso sería centrípeto en vez de centrífugo, desagüe en lugar de lavadora...
Creo que es cierta la última frase de la cita, aunque pueda sonar demasiado optimista. Cuando entiendes un problema sólo es responsabilidad tuya solucionarlo. You can do it, tío.
11.10.07
Un chiste de Eugenio que me contó ayer Ismael (www.fotolog.com/ismo) por el messenger y me hizo muchísima gracia (me contó otros verdes de Arguiñano que tampoco tienen desperdicio, pero son más de barra de bar a la cuarta cerveza que para escribirlos...):
Tres mil personas en un cortejo fúnebre. Uno de los últimos le dice al de al lado: "Oye, ¿y tú sabes quién es el muerto?" Y el otro contesta: "Pues creo que el de la caja, pero no me hagas mucho caso".
Tres mil personas en un cortejo fúnebre. Uno de los últimos le dice al de al lado: "Oye, ¿y tú sabes quién es el muerto?" Y el otro contesta: "Pues creo que el de la caja, pero no me hagas mucho caso".
10.10.07
El espíritu de la escalera. Ayer pasé por esa tienda de zapatos tan mod y tan chula de la calle Espíritu Santo. Entré a mirar unas botas y me fijé en que un zapato que había visto el lunes estaba más de veinte euros más caro. Le pregunto al dependiente que muy amablemente me indica: "Tú te debes de referir a éstos", enseñándome un modelo i-dén-ti-co. Cuando le pregunto a qué viene la diferencia entre los dos me explica que el caro tiene puntera reforzada. Sabiendo que la cosa tiene miga pero sin capacidad de reacción, sólo acierto a decir: "Ehhh, no, jeje, no la necesito... Ya volveré otro día". La parida -obvia- me llega a la cabeza justo cuando es demasiado tarde, mientras atravieso el umbral hacia la calle y no hay manera de encajarla: "Ah, claro, para patear rockers; no, gracias, soy neutral". Me río sola por la calle y, aunque creo que al dependiente no le hubiera parecido nada ingenioso, yo hubiera querido soltarlo de todas formas, así, natural, como si nada. A estas cosas las llamo "el espíritu de la escalera" desde que me leí un tebeo de Sandman en que el prota adolescente usa esa expresión: cuando estás en casa de alguien mucho rato y te vas, al bajar la escalera hacia la calle siempre se te ocurre algo importante que no le has dicho y que en la próxima conversación quizá no tenga sentido. A mí me pasa casi siempre con gracietas.
El espíritu del autobús. Primera hora de la mañana y toda esa gente tan resignada, tan todos a una, tan... trabajadora, vamos. A veces me da por sentirme más enérgica que los demás, porque me dejo llevar por cualquier idea que me hace ilusión o porque llevo los cascos muy altos y muy guitarreros y me siento como en un vídeo musical en el que yo saliera en colorines y el resto de la gente en blanco y negro... Esta semana un ciego muy serio a unos cuantos metros me preocupa un poco: "él debe de oír mi música desde allí y quizá le molesta, porque a los ciegos se les agudiza mucho el oído". Y luego pienso que no, que si yo fuera ciega y estuviera en la calle querría escucharlo todo... Cuando no puedes ver nada, ¿sigue teniendo sentido apreciar el silencio? Y si yo fuera sorda, ¿no querría ver siempre colores chillones, escandalosos, que lucharan entre sí? ¿No apreciaría toda visión por horrenda que fuera? ¿No sería la vista para mí una fuente valiosa de información mucho antes que una búsqueda estética?
Y ahora lo veo claro: la estética es esa disciplina de lo que no hace ninguna falta ni tiene importancia alguna en la vida. Pero bueno, como la filosofía.
Y yo puedo disfrutar de todo.
El espíritu del autobús. Primera hora de la mañana y toda esa gente tan resignada, tan todos a una, tan... trabajadora, vamos. A veces me da por sentirme más enérgica que los demás, porque me dejo llevar por cualquier idea que me hace ilusión o porque llevo los cascos muy altos y muy guitarreros y me siento como en un vídeo musical en el que yo saliera en colorines y el resto de la gente en blanco y negro... Esta semana un ciego muy serio a unos cuantos metros me preocupa un poco: "él debe de oír mi música desde allí y quizá le molesta, porque a los ciegos se les agudiza mucho el oído". Y luego pienso que no, que si yo fuera ciega y estuviera en la calle querría escucharlo todo... Cuando no puedes ver nada, ¿sigue teniendo sentido apreciar el silencio? Y si yo fuera sorda, ¿no querría ver siempre colores chillones, escandalosos, que lucharan entre sí? ¿No apreciaría toda visión por horrenda que fuera? ¿No sería la vista para mí una fuente valiosa de información mucho antes que una búsqueda estética?
Y ahora lo veo claro: la estética es esa disciplina de lo que no hace ninguna falta ni tiene importancia alguna en la vida. Pero bueno, como la filosofía.
Y yo puedo disfrutar de todo.
7.10.07
Bueno, actualicemos. Como no he escrito nada en semanas, pondré otros tres trocitos del libro de Raymond Smullyan. Del mismo libro, porque ahora estoy leyendo otro de él, pero es de acertijos lógicos muy poco literarios, creo que "objetivamente" poco interesantes para la mayoría de la gente.
"En una universidad en la que yo daba clase estábamos pensando contratar a un candidato. Lo invitamos para una entrevista. Un rato después de la entrevista, el presidente le preguntó si le gustaba dar clases. Contestó: "Nunca lo he hecho, pero no creo que me guste". Unos días después, en una reunión de departamento, nos preguntábamos por qué habría contestado así el candidato. Uno de los miembros del departamento sugirió: "Probablemente mentir le guste aún menos que dar clase".
"Siempre me ha confundido el hecho de que tantas personas religiosas den por garantizado que Dios favorece a aquellos que creen en él. ¿No podría ser que el auténtico Dios fuera un Dios científico que tuviera poca paciencia con las creencias fundadas en la fe más que en la evidencia?
"Un filósofo tuvo una vez el siguiente sueño: En primer lugar aparece Aristóteles, y el filósofo le dice: "¿Podría hacerme un resumen concentrado de toda su filosofía en quince minutos?" Ante su sorpresa, Aristóteles le hace una brillante exposición en la que reúne una enorme cantidad de material en sólo quince minutos. Pero entonces el filósofo hace una objeción que Aristóteles no es capaz de contestar. Confundido, Aristóteles desaparece. Entonces aparece Platón. Vuelve a ocurrir lo mismo, y la objeción del filósofo a Platón es la misma que ha hecho a Aristóteles. Platón tampoco puede contestarla y desaparece. Van apareciendo uno a uno todos los filósofos famosos de la historia, y nuestro filósofo rebate a todos con la misma objeción. Cuando el último ha desaparecido, nuestro filósofo se dice a sí mismo: "Sé que estoy dormido y que estoy soñando todo esto. Sin embargo, he encontrado un argumento universal capaz de refutar todos los sistemas filosóficos. Mañana cuando me despierte probablemente lo habré olvidado, y el mundo se perderá algo importante". Haciendo grandes esfuerzos, se obligó a sí mismo a despertarse, apresurarse a su mesa y escribir su argumento universal. Entonces volvió a la cama y suspiró tranquilo. A la mañana siguiente, cuando se despertó, fue corriendo a la mesa para ver qué había escrito. Era "¡Eso lo dirás tú!".
"En una universidad en la que yo daba clase estábamos pensando contratar a un candidato. Lo invitamos para una entrevista. Un rato después de la entrevista, el presidente le preguntó si le gustaba dar clases. Contestó: "Nunca lo he hecho, pero no creo que me guste". Unos días después, en una reunión de departamento, nos preguntábamos por qué habría contestado así el candidato. Uno de los miembros del departamento sugirió: "Probablemente mentir le guste aún menos que dar clase".
"Siempre me ha confundido el hecho de que tantas personas religiosas den por garantizado que Dios favorece a aquellos que creen en él. ¿No podría ser que el auténtico Dios fuera un Dios científico que tuviera poca paciencia con las creencias fundadas en la fe más que en la evidencia?
"Un filósofo tuvo una vez el siguiente sueño: En primer lugar aparece Aristóteles, y el filósofo le dice: "¿Podría hacerme un resumen concentrado de toda su filosofía en quince minutos?" Ante su sorpresa, Aristóteles le hace una brillante exposición en la que reúne una enorme cantidad de material en sólo quince minutos. Pero entonces el filósofo hace una objeción que Aristóteles no es capaz de contestar. Confundido, Aristóteles desaparece. Entonces aparece Platón. Vuelve a ocurrir lo mismo, y la objeción del filósofo a Platón es la misma que ha hecho a Aristóteles. Platón tampoco puede contestarla y desaparece. Van apareciendo uno a uno todos los filósofos famosos de la historia, y nuestro filósofo rebate a todos con la misma objeción. Cuando el último ha desaparecido, nuestro filósofo se dice a sí mismo: "Sé que estoy dormido y que estoy soñando todo esto. Sin embargo, he encontrado un argumento universal capaz de refutar todos los sistemas filosóficos. Mañana cuando me despierte probablemente lo habré olvidado, y el mundo se perderá algo importante". Haciendo grandes esfuerzos, se obligó a sí mismo a despertarse, apresurarse a su mesa y escribir su argumento universal. Entonces volvió a la cama y suspiró tranquilo. A la mañana siguiente, cuando se despertó, fue corriendo a la mesa para ver qué había escrito. Era "¡Eso lo dirás tú!".
4.9.07
A prueba de Tarantino
Pues acabo de ver Death Proof. Vamos a ver. Es como Thelma y Louise pero con cojones. Tupendo para las chicas que por algún extraño motivo esperábamos un desquite con Thelma y Louise y nos encontramos un mensaje claro de lo que yo llamaría feminismo sexista o directamente feminismo machista, a saber: "en este mundo insensible de hombres, en el que las mujeres, que sois todas tan especiales y maravillosas, no tenéis cabida, la única rebelión que os pega, princesas, es suicidaros".
Por lo demás, a Tarantino le saldrían películas mucho mejores si no estuviera tan obsesionado consigo mismo, porque cuando un autor se da más importancia a sí mismo que a la ficción que cuenta, lo que pasa es que si por ejemplo sale un carnoso culo en primerísimo plano (piernas y culos de "mujeres reales", que dirían los listos de Dove) yo no pienso en el culo, ni en la chica, ni en su poder, sino en Tarantino babeando detrás de la cámara: "vamos, nena, vamos, dame ese plano, seeee", y claro, eso me saca del tema. Si te interesas más tú que tus personajes no harás buenas historias, te harás pajas.
En general lo que yo pienso que le pasa a Tarantino es que parece que confunde crear estilo con epatar. Creo que el estilo que verdaderamente marca es justo el que se consigue impremeditadamente, es decir, cuando, para poder decir exactamente lo que se quiere decir no hay más remedio que utilizar formas personales que luego la gente reconoce. Y lo que hace Tarantino es justo lo inverso, intentar demostrar a la gente que tiene un estilo, como si no confiara en que tiene algo personal que decir: repite técnicas o chistes, se regodea en guiños frikis y autoguiños complacientes, y juega con las formas muchas veces de forma gratuita (sin que eso aporte transgresión o impacto real sino sólo cierta sensación divertidilla de "aquí no pasa nada")... cosas que con el tiempo, profetizo, envejecerán fatal. Como todo lo postmoderno.
Y la autoparodia no es suficiente argumento: la autoparodia es el refugio de los cobardes. Haz tu película libremente, y no te preocupes tanto de cómo te vemos, hommmbre.
Más cosas negativas: toda la primera hora se me pasa muy lenta. No es porque haya menos acción, soy una espectadora paciente y el recurso de que la tensión se masque mucho rato antes de estallar me funciona en infinidad de películas. Lo que pasa es que para no aburrirme hace falta que los diálogos no sean tan predecibles ni los personajes tan parecidos entre sí. Que no, que aunque el ambiente de bar y carretera sea fascinante, no se puede meter sólo ambiente durante tanto rato, porque yo no veo que el ritmo se acelere, o que haya picos en los que se anticipe lo de después, para mí es media película esperando y la otra media disfrutando.
Pero vaya, que a eso voy: la segunda mitad me divierte mucho, y de esto no tengo nada que decir, hay que verlo. Sí os diré que sale una con ganas de hacer el camino hasta casa por mitad de la carretera en lugar de por la acera, y que si llevas bolso es difícil no balancearlo.
Y más aún. Que yo personalmente salí muy contenta de tener un buen culo gordo.
Pues acabo de ver Death Proof. Vamos a ver. Es como Thelma y Louise pero con cojones. Tupendo para las chicas que por algún extraño motivo esperábamos un desquite con Thelma y Louise y nos encontramos un mensaje claro de lo que yo llamaría feminismo sexista o directamente feminismo machista, a saber: "en este mundo insensible de hombres, en el que las mujeres, que sois todas tan especiales y maravillosas, no tenéis cabida, la única rebelión que os pega, princesas, es suicidaros".
Por lo demás, a Tarantino le saldrían películas mucho mejores si no estuviera tan obsesionado consigo mismo, porque cuando un autor se da más importancia a sí mismo que a la ficción que cuenta, lo que pasa es que si por ejemplo sale un carnoso culo en primerísimo plano (piernas y culos de "mujeres reales", que dirían los listos de Dove) yo no pienso en el culo, ni en la chica, ni en su poder, sino en Tarantino babeando detrás de la cámara: "vamos, nena, vamos, dame ese plano, seeee", y claro, eso me saca del tema. Si te interesas más tú que tus personajes no harás buenas historias, te harás pajas.
En general lo que yo pienso que le pasa a Tarantino es que parece que confunde crear estilo con epatar. Creo que el estilo que verdaderamente marca es justo el que se consigue impremeditadamente, es decir, cuando, para poder decir exactamente lo que se quiere decir no hay más remedio que utilizar formas personales que luego la gente reconoce. Y lo que hace Tarantino es justo lo inverso, intentar demostrar a la gente que tiene un estilo, como si no confiara en que tiene algo personal que decir: repite técnicas o chistes, se regodea en guiños frikis y autoguiños complacientes, y juega con las formas muchas veces de forma gratuita (sin que eso aporte transgresión o impacto real sino sólo cierta sensación divertidilla de "aquí no pasa nada")... cosas que con el tiempo, profetizo, envejecerán fatal. Como todo lo postmoderno.
Y la autoparodia no es suficiente argumento: la autoparodia es el refugio de los cobardes. Haz tu película libremente, y no te preocupes tanto de cómo te vemos, hommmbre.
Más cosas negativas: toda la primera hora se me pasa muy lenta. No es porque haya menos acción, soy una espectadora paciente y el recurso de que la tensión se masque mucho rato antes de estallar me funciona en infinidad de películas. Lo que pasa es que para no aburrirme hace falta que los diálogos no sean tan predecibles ni los personajes tan parecidos entre sí. Que no, que aunque el ambiente de bar y carretera sea fascinante, no se puede meter sólo ambiente durante tanto rato, porque yo no veo que el ritmo se acelere, o que haya picos en los que se anticipe lo de después, para mí es media película esperando y la otra media disfrutando.
Pero vaya, que a eso voy: la segunda mitad me divierte mucho, y de esto no tengo nada que decir, hay que verlo. Sí os diré que sale una con ganas de hacer el camino hasta casa por mitad de la carretera en lugar de por la acera, y que si llevas bolso es difícil no balancearlo.
Y más aún. Que yo personalmente salí muy contenta de tener un buen culo gordo.
31.8.07
Cumpleaños Terrible
Del salón en el ángulo inhóspito
leyendo cómics chulísimos
Iván piensa, autobiográfico
que está en un momento crítico
Como es de lúcidas sátiras
y tránsfuga de lo efímero
quizá se siente hasta mísero
en algún instante súbito
Pero si es un tío magnífico
tan plácido y tan pacífico
un tío tan... ¡democrático!
Y ese cabello negrísimo...
¿no habrá que alabarlo en público?
Sus defectos son minúsculos
su estómago mastodóntico:
un espectáculo único
cuando ataca el frigorífico
¡más que un hombre, un heliogábalo!
Continuo experto lingüístico
de coñitas sabe un cúmulo
Típico amigo fantástico
fábrica de días míticos
en cálido conciliábulo
Pero he de parar la ráfaga
de Gloria Fuertes tan émula
y poner rúbrica trémula
sintiéndome algo ridícula...
¡pues qué sombra tan, tan pálida!
Del salón en el ángulo inhóspito
leyendo cómics chulísimos
Iván piensa, autobiográfico
que está en un momento crítico
Como es de lúcidas sátiras
y tránsfuga de lo efímero
quizá se siente hasta mísero
en algún instante súbito
Pero si es un tío magnífico
tan plácido y tan pacífico
un tío tan... ¡democrático!
Y ese cabello negrísimo...
¿no habrá que alabarlo en público?
Sus defectos son minúsculos
su estómago mastodóntico:
un espectáculo único
cuando ataca el frigorífico
¡más que un hombre, un heliogábalo!
Continuo experto lingüístico
de coñitas sabe un cúmulo
Típico amigo fantástico
fábrica de días míticos
en cálido conciliábulo
Pero he de parar la ráfaga
de Gloria Fuertes tan émula
y poner rúbrica trémula
sintiéndome algo ridícula...
¡pues qué sombra tan, tan pálida!
Hala, ahí lo llevas.
27.7.07
Y otro que la primera vez casi me desternilla (de un spray para despejar la nariz, no recuerdo el nombre pero juro que existe, lo vi en la tele varias veces): "Spray Tal: va de narices".
¡Era un tono serio! No lo decía un payaso ni nada, ¡salía escrito con toda sobriedad al final del anuncio! Me hizo tanta gracia que estuvo a punto de despejarme la nariz sin necesidad de comprar el producto, porque estaba bebiendo agua y casi lo echo todo por estas fosas que os hablan (jaja). La mayoría ya lo conocéis porque lo metí en el monólogo. El chiste de remate era una conclusión lógica muy facilona por mi parte, pero que había que aprovechar: menos mal que no anunciaban papel higiénico, porque hubiera sido "Papel Higiénico Tal: para el culo".
¡Era un tono serio! No lo decía un payaso ni nada, ¡salía escrito con toda sobriedad al final del anuncio! Me hizo tanta gracia que estuvo a punto de despejarme la nariz sin necesidad de comprar el producto, porque estaba bebiendo agua y casi lo echo todo por estas fosas que os hablan (jaja). La mayoría ya lo conocéis porque lo metí en el monólogo. El chiste de remate era una conclusión lógica muy facilona por mi parte, pero que había que aprovechar: menos mal que no anunciaban papel higiénico, porque hubiera sido "Papel Higiénico Tal: para el culo".
26.7.07
Un eslogan que me repatea (junto a la foto de una familia unánimamente sonriente apiñada en el sofá, de ésas que sólo ves en los anuncios): "Si no tienes el nuevo Trío de Telefónica no sabes lo que te estás perdiendo".
Desde un punto de vista lógico, se puede interpretar así: la única manera de saber lo que no tengo es... teniéndolo. Vaya por dios.
Si la interpretamos psicológicamente, yo diría que se puede traducir en algo así: "Sólo tengo dos opciones: o voy por la vida ignorante de las posibilidades que tengo, o bien contrato este producto". Es una idea bastante agresiva para mí, porque siempre he creído que para vivir libremente, para elegir lo que realmente queremos, necesitamos conocer cuantas más posibilidades mejor. Según mi forma de ver la vida, cuanto más conocimiento adquiero, más campo abro al ejercicio de mi libertad. Así que, si lo pienso un poco, me parece que el eslogan bien puede significar: "Una buena manera de conquistar tu libertad como consumidor es eligiendo la opción que nos conviene a nosotros".
Si no tienes intención de contratar el Trío, la frasecita sólo puede ser sonar a tocada de narices. Vamos, que "O contratas lo que te digo o te toco las narices", jajaja.
Un eslogan que me hace gracia (junto a la foto de un helado de Ben & Jerrys con enormes trozos de chocolate): "Un tropezón no lo tiene cualquiera".
Desde un punto de vista lógico, se puede interpretar así: la única manera de saber lo que no tengo es... teniéndolo. Vaya por dios.
Si la interpretamos psicológicamente, yo diría que se puede traducir en algo así: "Sólo tengo dos opciones: o voy por la vida ignorante de las posibilidades que tengo, o bien contrato este producto". Es una idea bastante agresiva para mí, porque siempre he creído que para vivir libremente, para elegir lo que realmente queremos, necesitamos conocer cuantas más posibilidades mejor. Según mi forma de ver la vida, cuanto más conocimiento adquiero, más campo abro al ejercicio de mi libertad. Así que, si lo pienso un poco, me parece que el eslogan bien puede significar: "Una buena manera de conquistar tu libertad como consumidor es eligiendo la opción que nos conviene a nosotros".
Si no tienes intención de contratar el Trío, la frasecita sólo puede ser sonar a tocada de narices. Vamos, que "O contratas lo que te digo o te toco las narices", jajaja.
Un eslogan que me hace gracia (junto a la foto de un helado de Ben & Jerrys con enormes trozos de chocolate): "Un tropezón no lo tiene cualquiera".
10.7.07
Incensadas. "No adules a tu bienhechor", dijo Buda. Repítase esta frase en una iglesia cristiana: inmediatamente quedará el aire purificado de todo lo que hay en ella de cristiano.
Esto (otra vez Nietzsche) me ha llegado especialmente, porque llevaba unos días dándole vueltas a ese tema: adular a un bienhechor no es un regalo para el bienhechor. En el mejor de los casos no supone nada para él; en el peor, es una forma rápida de relativizar sus buenas acciones para con nosotros y, si es un amigo, incluso de despreciar nuestra amistad mutua. Analicemos: cuando alguien hace algo bueno por nosotros, ¿qué pretendemos al adularle? ¿"Compensar" sus buenos hechos sólo con palabras? Si intentamos esto, vamos mal, y, cuanto más nos esforcemos en las palabras, peor, porque en ningún esquema ético un "muchísimas-gracias-cuánto-aprecio-esto-de-verdad" puede compararse a una buena acción, por sencilla que sea.
De hecho, cuanto más adulamos, más valor le quitamos a aquello que se supone que estamos agradeciendo, porque estamos dando por supuesto que la otra persona no actúa espontáneamente. Si interpretáramos espontaneidad responderíamos de forma más simple, disfrutando lo que nos ha dado, compartiendo con él la alegría que nos ha dado. Si en lugar de eso nos deshacemos en elogios y agradecimientos verbales quizá es porque nosotros en su lugar no actuaríamos como él, o lo haríamos sólo a cambio de adulación.
Esta falsa compensación se emprende con tristeza, porque intentamos saldar una deuda, creemos estar en deuda, en falta, en pecado. Y experimentamos deuda porque en ese momento consideramos a la otra persona un juez en lugar de un amigo. O aún peor: nos sentimos en deuda porque no podemos separar nuestra idea de la otra persona de nuestra idea de lo que obtenemos de ella, es decir, consideramos al otro como un medio, y adulándole queremos librarnos del "problema" (porque entender la individualidad y la voluntad de otro es problemático, requiere un esfuerzo), queremos mantenerle en su papel de instrumento. Tú me has hecho un favor y ya te lo he agradecido, he obtenido algo y he "pagado" por ello. Si un bienhechor nos hace sentir así, es mejor tener la menor relación posible con él en el futuro, porque cada vez que le veamos reviviremos la desagradable sensación de deuda, máxime sabiendo (porque siempre se sabe) que nada hemos saldado al adularle.
Esto (otra vez Nietzsche) me ha llegado especialmente, porque llevaba unos días dándole vueltas a ese tema: adular a un bienhechor no es un regalo para el bienhechor. En el mejor de los casos no supone nada para él; en el peor, es una forma rápida de relativizar sus buenas acciones para con nosotros y, si es un amigo, incluso de despreciar nuestra amistad mutua. Analicemos: cuando alguien hace algo bueno por nosotros, ¿qué pretendemos al adularle? ¿"Compensar" sus buenos hechos sólo con palabras? Si intentamos esto, vamos mal, y, cuanto más nos esforcemos en las palabras, peor, porque en ningún esquema ético un "muchísimas-gracias-cuánto-aprecio-esto-de-verdad" puede compararse a una buena acción, por sencilla que sea.
De hecho, cuanto más adulamos, más valor le quitamos a aquello que se supone que estamos agradeciendo, porque estamos dando por supuesto que la otra persona no actúa espontáneamente. Si interpretáramos espontaneidad responderíamos de forma más simple, disfrutando lo que nos ha dado, compartiendo con él la alegría que nos ha dado. Si en lugar de eso nos deshacemos en elogios y agradecimientos verbales quizá es porque nosotros en su lugar no actuaríamos como él, o lo haríamos sólo a cambio de adulación.
Esta falsa compensación se emprende con tristeza, porque intentamos saldar una deuda, creemos estar en deuda, en falta, en pecado. Y experimentamos deuda porque en ese momento consideramos a la otra persona un juez en lugar de un amigo. O aún peor: nos sentimos en deuda porque no podemos separar nuestra idea de la otra persona de nuestra idea de lo que obtenemos de ella, es decir, consideramos al otro como un medio, y adulándole queremos librarnos del "problema" (porque entender la individualidad y la voluntad de otro es problemático, requiere un esfuerzo), queremos mantenerle en su papel de instrumento. Tú me has hecho un favor y ya te lo he agradecido, he obtenido algo y he "pagado" por ello. Si un bienhechor nos hace sentir así, es mejor tener la menor relación posible con él en el futuro, porque cada vez que le veamos reviviremos la desagradable sensación de deuda, máxime sabiendo (porque siempre se sabe) que nada hemos saldado al adularle.
5.7.07
Atravesar la pasarela. En el trato con personas que guardan con pudor sus sentimientos, hay que saber disimular: son capaces de odiar de pronto a quien sorprende en ellas un sentimiento delicado, entusiasta o sublime, como si hubiesen visto sus intimidades. Si tratamos de serles agradables en esos momentos, hay que hacerles reír o gastarles fríamente una broma maliciosa: entonces se helará su emoción y enseguida volverán a ser dueñas de sí mismas. Pero estoy diciendo la moraleja antes de contar la historia. Estábamos un día tan cerca el uno del otro que parecía que nada estorbaría nuestra amistad y nuestra fraternidad; sólo nos separaba aún el espacio de una pasarela. Cuando ibas a atravesarla, te pregunté: "¿Quieres reunirte conmigo por esta pasarela?" -pero tú ya no querías y no respondiste a mis súplicas reiteradas. Desde entonces se han interpuesto entre nosotros montañas e impetuosos torrentes, y todo lo que separa a un ser de otro y les hace extraños entre sí; ¡aunque quisiéramos reunirnos ya no podríamos! Pero cuando ahora piensas en aquella pasarela, te quedas sin palabras -y ya sólo te asombras y sollozas.
Contra el arrepentimiento. El pensador ve en sus propios actos tentativas e interrogantes encaminados a obtener aclaraciones sobre algo: el éxito y el fracaso son para él, antes que nada, respuestas. Eso de irritarse o incluso de arrepentirse de un fracaso es algo que deja a quienes no obran sino cuando se les manda y deben esperar que les apalee su gracioso amo si no le agrada el resultado.
Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia
Contra el arrepentimiento. El pensador ve en sus propios actos tentativas e interrogantes encaminados a obtener aclaraciones sobre algo: el éxito y el fracaso son para él, antes que nada, respuestas. Eso de irritarse o incluso de arrepentirse de un fracaso es algo que deja a quienes no obran sino cuando se les manda y deben esperar que les apalee su gracioso amo si no le agrada el resultado.
Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia
3.7.07
A veces hago cosas no porque quiera hacerlas, sino porque una parte de mí me dice que hay que hacerlas. Por ejemplo, cuando cambio las sábanas sin notarlas sucias sólo porque han pasado los días que se supone que tienen que pasar desde la última vez. Normalmente esa parte de mí viene de algo que me han enseñado de pequeña. Son convenciones sociales, pero que aparecen en cuestiones como la de las sábanas, en las que el único juez soy yo y no la sociedad, ya que nadie va a reprenderme ni a sentirse mal por mis actos.
Vamos, que, además de ignorar el qué dirán, me he dado cuenta de que tengo que abolir el qué diré.
Vamos, que, además de ignorar el qué dirán, me he dado cuenta de que tengo que abolir el qué diré.
8.6.07
Lo que más me ha gustado hasta ahora de la Enciclopedia Universal Clismón, de Miguel Brieva (cómprenla) es la definición de GOZAR: sentir que la actividad que se realiza es un fin en sí mismo.
Y como eso a mí me pasa muy especialmente cuando escribo y cuando hablo con la gente (por eso lo de los monólogos, una de las pocas cosas que, como los blogs, unen esos dos gozos) pues sigo escribiendo otro poquito.
Creo que en la vida es tan sencillo como eso, aunque de un par de meses a esta parte me parezca lo más difícil del mundo: hacer la mayor parte del tiempo, o la parte más consciente del tiempo, algo que se sienta como un fin último. Eso me ha pasado también con la música o con las películas, pero no puedo engañarme. Contemplar cosas no es un fin en sí mismo. Ni siquiera un bosque o una puesta de sol son fines, no tengo esa capacidad religiosa, aunque escribir y hablar con gente sentados en un bosque sería especialmente chulo... por cierto que alguien había dicho picnic, ¿no?
Bueno, se acabó lo de escribir: ¿quién se apunta a un picnic el sábado que viene (el 16 de Junio)? Quedamos a última hora de la mañana, sí-sí-sí, podemos ir aquí: esto está (increíblemente, absurdamente) cerca de nuestra casa.
Así en vez de escribir y monologar puedo hablar de verdad, escuchando. Venid, que haré tortilla y a lo mejor ensalada de pimientos... Bueno, lo de los pimientos no es seguro, ¿eh? Que para mí cocinar durante horas está bien para luego hablar con la gente, no como fin en sí. Que todavía soy feminista, o algo así...
Y como eso a mí me pasa muy especialmente cuando escribo y cuando hablo con la gente (por eso lo de los monólogos, una de las pocas cosas que, como los blogs, unen esos dos gozos) pues sigo escribiendo otro poquito.
Creo que en la vida es tan sencillo como eso, aunque de un par de meses a esta parte me parezca lo más difícil del mundo: hacer la mayor parte del tiempo, o la parte más consciente del tiempo, algo que se sienta como un fin último. Eso me ha pasado también con la música o con las películas, pero no puedo engañarme. Contemplar cosas no es un fin en sí mismo. Ni siquiera un bosque o una puesta de sol son fines, no tengo esa capacidad religiosa, aunque escribir y hablar con gente sentados en un bosque sería especialmente chulo... por cierto que alguien había dicho picnic, ¿no?
Bueno, se acabó lo de escribir: ¿quién se apunta a un picnic el sábado que viene (el 16 de Junio)? Quedamos a última hora de la mañana, sí-sí-sí, podemos ir aquí: esto está (increíblemente, absurdamente) cerca de nuestra casa.
Así en vez de escribir y monologar puedo hablar de verdad, escuchando. Venid, que haré tortilla y a lo mejor ensalada de pimientos... Bueno, lo de los pimientos no es seguro, ¿eh? Que para mí cocinar durante horas está bien para luego hablar con la gente, no como fin en sí. Que todavía soy feminista, o algo así...
25.5.07
Cuando escribo poco leo mucho. Lo habéis adivinado: estoy leyendo mucho. De hecho, seguramente no estáis ahí: me he ganado a conciencia quedarme hablando sola, con esta frecuencia de entradas que me gasto...
Que estoy leyendo mucho. He devorado en poco tiempo Incesto de Anaïs Nin, Dios ama, el hombre mata (para el que no lo sepa: un tebeo mítico de la Patrulla X), un par de fanzines de cómics (el último Fanzine enfermo y el último Toronto, "el fanzine tonto"), Amor se escribe sin hache de Jardiel Poncela (inacabado por absoluta incomunicación con el autor, una pena porque tenía mucha curiosidad... Sabes que te quiero igual, Mario), Vuelo nocturno de Saint-Exupéry y Mimos, de Romain Gary, por recomendación de Laura (lo mismo: Laura, sabes que te quiero igual, pero también poca comunicación con este hombre, aunque aun así me lo leí rapidísimo y con interés...) La ristra de títulos es porque me apetece ver qué comentarios hacéis de ellos, si esos libros os gustan y por qué... Eso si es que alguien encuentra esta entrada antes del año que viene, claro. Igual el año que viene me interesa sólo el apareamiento del ornitorrinco. Bueno, no creo.
Ahora estoy con Crónicas de motel de Sam Shepard. Llevo muy poco pero me está encantando. Me he reído de mí misma a gusto porque al empezar la séptima crónica, que se abre con la frase "Se lavó la camisa roja en el lavabo", he presupuesto automáticamente que el personaje es una mujer, sin planteármelo, y una página después, al leer la frase "A un paso de su camión", he llegado a la conclusión -tan automática y segura como la anterior- de que había estado equivocada: el personaje es un hombre.
Lo interesante para mí es ver que mi miedo a los tópicos es directamente proporcional a mi creencia más o menos inconsciente en ellos. Los odio porque sé que en el fondo me afectan mucho. Creo que los demás generalizan y cuadriculan y me malinterpretan, pero lo creo porque soy yo la que tiende a construir mi imagen del mundo así, a escuadrazos y cartabonazos.
Esto de los cartabonazos me recuerda a una vez cuando trabajaba de teleoperadora: una respetable ciudadana de etnia gitana (¿eh, me acojonan los tópicos o no?) me aseguró que tenía un móvil modelo Cartabón. Era un Motorola Talkabout, aún no sé cómo lo adiviné. Alguno dudará de esa conclusión, pero yo sé que acerté porque ella me confirmaba a voz en grito: "eso, eso, lo que yo digo: un Cartabón".
Lo interesante ahora es: ¿por qué he destacado que era gitana? Eso también lo he hecho automáticamente. Y sin embargo ese tipo de cosas las oía todos los días de gente de todos los colores y de todas las zonas del país. Bueno, quiero decir de todos los países ibérico-peninsulares, que no se enfade nadie.
En fin. Me he quedado en la frase del camión de Crónicas de motel, así que aún no sé si es un hombre o una mujer.
Que estoy leyendo mucho. He devorado en poco tiempo Incesto de Anaïs Nin, Dios ama, el hombre mata (para el que no lo sepa: un tebeo mítico de la Patrulla X), un par de fanzines de cómics (el último Fanzine enfermo y el último Toronto, "el fanzine tonto"), Amor se escribe sin hache de Jardiel Poncela (inacabado por absoluta incomunicación con el autor, una pena porque tenía mucha curiosidad... Sabes que te quiero igual, Mario), Vuelo nocturno de Saint-Exupéry y Mimos, de Romain Gary, por recomendación de Laura (lo mismo: Laura, sabes que te quiero igual, pero también poca comunicación con este hombre, aunque aun así me lo leí rapidísimo y con interés...) La ristra de títulos es porque me apetece ver qué comentarios hacéis de ellos, si esos libros os gustan y por qué... Eso si es que alguien encuentra esta entrada antes del año que viene, claro. Igual el año que viene me interesa sólo el apareamiento del ornitorrinco. Bueno, no creo.
Ahora estoy con Crónicas de motel de Sam Shepard. Llevo muy poco pero me está encantando. Me he reído de mí misma a gusto porque al empezar la séptima crónica, que se abre con la frase "Se lavó la camisa roja en el lavabo", he presupuesto automáticamente que el personaje es una mujer, sin planteármelo, y una página después, al leer la frase "A un paso de su camión", he llegado a la conclusión -tan automática y segura como la anterior- de que había estado equivocada: el personaje es un hombre.
Lo interesante para mí es ver que mi miedo a los tópicos es directamente proporcional a mi creencia más o menos inconsciente en ellos. Los odio porque sé que en el fondo me afectan mucho. Creo que los demás generalizan y cuadriculan y me malinterpretan, pero lo creo porque soy yo la que tiende a construir mi imagen del mundo así, a escuadrazos y cartabonazos.
Esto de los cartabonazos me recuerda a una vez cuando trabajaba de teleoperadora: una respetable ciudadana de etnia gitana (¿eh, me acojonan los tópicos o no?) me aseguró que tenía un móvil modelo Cartabón. Era un Motorola Talkabout, aún no sé cómo lo adiviné. Alguno dudará de esa conclusión, pero yo sé que acerté porque ella me confirmaba a voz en grito: "eso, eso, lo que yo digo: un Cartabón".
Lo interesante ahora es: ¿por qué he destacado que era gitana? Eso también lo he hecho automáticamente. Y sin embargo ese tipo de cosas las oía todos los días de gente de todos los colores y de todas las zonas del país. Bueno, quiero decir de todos los países ibérico-peninsulares, que no se enfade nadie.
En fin. Me he quedado en la frase del camión de Crónicas de motel, así que aún no sé si es un hombre o una mujer.
10.3.07
Los sufrimientos de la joven Werther
o cómo acabar de una vez por todas con las románticas alemanas
o cómo acabar de una vez por todas con las románticas alemanas
10 de Marzo
Queridísima Lotte:
Te escribo estas líneas con el corazón inflamado y los débiles miembros aún temblorosos, por no hablar de la entrepierna. Mi pobre alma, tantas veces sanada en el pasado por tu dulcísima compañía, confía en que no serás ajena a mis sentimientos, presiente desde lo más profundo que harás sinceramente tuya la infinita aflicción que la invade, y ruega de rodillas te apiades de ella en estos delicados momentos de postpaja.
Oh, ¡cuan ingratos sufrimientos impone una vida de abandono y despendole a nuestros torturados espíritus adolescentes, otrora virginales, libres ayer de toda sospecha de guarrez! ¡Cuan horrorosos temblores agitan nuestro interior al sentir que en nuestra superior existencia de místicas intelectuales tienen cabida (y cómo) enormes dildos brillantes y estriados de impúdica vehemencia penetradora!
Pero ya mi maltrecho ánimo se interpone en los firmes propósitos de exponerte mi vergonzosa situación, de mostrarte todo mi ignominioso pecado hasta el final, aunque eso carcoma mis vísceras horriblemente, desollándome viva desde dentro afuera, dejándome con todo lo rosita al aire y con los dientes en el trasero. Querrás saber, amiga mía, compañera eterna de dolorosos cotilleos en sofás de incómodos palacetes y de durísimas charlas bajo la luna en cenadores privados, cómo he llegado a sucumbir tan hasta las trancas en este infernal comercio de la carne, más propio de marineros musculosos de enormes atributos que de jóvenes educadas en los más elevados ideales.
No, ¡no y mil veces no! ¡Una inocencia pura como la tuya no merece una narración fiel que la haga cómplice de mi indignidad...! ¿mas qué podía yo hacer, Dios mío, si ese consolador, maldito por siempre, yacía en mi arcón con las pilas puestas? ¿Qué argumento oponer a su vibración lisonjera, a su ligerísimo zumbido, tan acorde con la marcha de Wagner que sonaba en mi gramófono digital? ¿Cómo no escuchar esa llamada, que en mi confusión se me representaba como la voz del amor, de la vida toda y de todo lo sagrado...? ¿Cómo huir, si parecíame que la mismísima patria germana me exigía la batalla y me prohibía vacilar? Porque fue una paja tan alemana, Lotte, tan, tan alemana...
¿Tú qué tal con Friedrich?
Bettina.
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